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Escritorio creativo en penumbra con portátil, manuscrito y teclado musical bajo una luz cálida

Qué hace la IA en mi proceso creativo y qué no

La IA me ha quitado trabajo, pero ninguno del que yo quería hacer. Me ha quitado horas de ajustar márgenes, de revisar erratas línea a línea y de pelearme con un índice que no se actualizaba solo. No me ha quitado ni una de las decisiones que de verdad me importan.

Lo escribo porque me lo preguntan con frecuencia y porque la respuesta corta, «la uso para corregir y maquetar», deja a casi todo el mundo igual que estaba. Así que prefiero contarlo despacio: qué hace la IA en mi proceso creativo, qué tengo abierto en el ordenador cuando trabajo y dónde está la línea que no pienso mover.

Mi forma de verlo cabe en una frase: yo pongo el contenido original y la IA me ayuda con el trabajo pesado. Es ese compañero que te facilita la vida y hace lo que a ti no te da tiempo de hacer. Todo lo que viene a continuación es desarrollar esa frase y señalar dónde deja de valer.

Lo que sí le dejo hacer: corregir, maquetar y preparar para imprenta

Aquí el apoyo es muy grande y no tengo ningún interés en disimularlo. Maquetar un libro es un trabajo de precisión y de paciencia: estilos de párrafo, viudas y huérfanas, saltos de página que caen donde no deben, un capítulo que arranca en par cuando debería arrancar en impar. Corregir se parece, pero cansa más, porque el ojo se acostumbra al texto propio y deja de ver lo que tiene delante. Después de la quinta lectura de un manuscrito ya no lees: reconoces.

En las dos tareas una IA ayuda de verdad. Señala incoherencias, detecta repeticiones que yo he dejado de percibir, propone una forma más limpia de decir algo que me había salido retorcido. En la maquetación y en la preparación para imprenta se come la parte mecánica, la que no aporta nada y se lleva tardes enteras.

Quiero ser preciso con esto, porque es lo que más se malinterpreta: eso es apoyo técnico de edición. Nada más. Las historias son mías. La IA no escribe mis novelas, no inventa a mis personajes y no decide qué ocurre en el capítulo siguiente. Me ayuda a que el texto que yo he escrito llegue al lector en condiciones, que no es poco cuando trabajas sin un equipo editorial detrás.

Escritorio de trabajo nocturno con manuscrito impreso lleno de correcciones y pantalla de maquetación

Las herramientas que tengo abiertas

Hablar de «la IA» en abstracto no sirve de mucho. En la práctica trabajo en cuatro frentes y en cada uno la mezcla es distinta:

  • Texto: Word, básicamente. Nada sofisticado y, para lo que hago, suficiente.
  • Imagen: desde generadores de IA hasta Photoshop, pasando por editores gratuitos según lo que necesite resolver.
  • Música: Imaginaria DAW, mi propio programa, para las mezclas, además de Studio One y Suno.
  • Código: Visual Studio, IA y distintos editores, según el proyecto.

Lo que me interesa de esa lista no es lo moderna que suena, sino lo mezclada que está. No hay un flujo de trabajo impecable ni una herramienta que lo haga todo. Hay un Word corriente donde se escriben las novelas, un Photoshop al que vuelvo cuando un generador no me da lo que busco y un editor gratuito para la tarea pequeña que no justifica abrir nada grande. La IA entra en ese reparto como entró en su momento el corrector ortográfico: ocupando un hueco, no sustituyendo la mesa.

El caso de Imaginaria DAW es el que mejor lo explica. Estoy construyendo un programa de audio desde cero, y lo cuento con detalle en la breve historia del DAW que publiqué hace unos días. La IA me acompaña en ese desarrollo a diario. Y precisamente por eso sé bien lo que no sabe hacer.

Dónde pongo la línea: el caso del disco de Extinción

Si lo anterior suena a frontera nítida, toca contar el caso que la complica, que además es mío y ya está publicado en esta web. La música del álbum de Extinción se generó con Suno a partir de letras escritas por mí.

La razón es simple y no tiene ningún misterio: no tengo banda. Escribo las letras, defino el estilo que quiero y, de momento, lo que convierte eso en canciones es Suno. Después me llevo el resultado a un DAW y lo trabajo. Ese «de momento» va en serio: es la solución que tengo hoy, no una declaración de principios.

¿Es eso crear con IA? Entiendo que alguien diga que sí, y no voy a esconderlo detrás de un tecnicismo. Pero sigue valiendo la misma frase: el contenido original lo pongo yo. Las letras son mías, el estilo lo decido yo y la decisión de qué entra en el disco y qué se descarta también. Lo que hace la herramienta es el trabajo pesado, el que de otro modo necesitaría una banda, un estudio y un presupuesto que no tengo. Es la misma pared contra la que te chocas cuando levantas un proyecto solo, de la que ya hablé en crear un proyecto en solitario.

Admito que es discutible, y entiendo que a un músico de oficio no le convenza. Lo que puedo decir es dónde está la frontera para mí: mientras lo que se cuenta y el porqué salgan de mi cabeza, lo que lo convierte en sonido es una herramienta. Si algún día lo que se cuenta también lo decidiera la máquina, eso ya sería otra cosa y no la llamaría mía.

Con las novelas no existe ese matiz. Ahí «nunca en la creación» es literal, sin asteriscos. Y creo que la diferencia no es caprichosa: el cruce entre música y literatura que me interesa, y del que escribí en literatura y música, funciona porque cada lenguaje aporta algo que el otro no puede. La letra es mía porque es texto, y el texto es el sitio donde no delego.

Pantalla de mezcla de audio con pistas y formas de onda iluminadas en penumbra sobre una mesa de trabajo

Lo que no delego nunca: las decisiones finales

Si el trabajo pesado se puede repartir, hay algo que no: las decisiones finales. Sobre mis novelas y sobre el código.

En una novela, la decisión final es qué se queda. Qué capítulo sobra aunque esté bien escrito, qué personaje hay que sacrificar, si ese final funciona o solo es cómodo. Eso no es un problema de redacción, es un problema de criterio, y el criterio se construye leyendo, escribiendo y equivocándose durante años. Una IA puede darme diez versiones de un párrafo. No puede decirme cuál de las diez es la mía.

En el código ocurre lo mismo con otro vocabulario. Una IA escribe una función razonable en segundos y a veces te saca de un atasco en el que llevabas dos horas. Lo que no hace es cargar con las consecuencias. Las decisiones que de verdad pesan en un proyecto de audio son las de arquitectura, y se pagan meses después, cuando ya hay código encima. Firmarlas sin entenderlas es la forma más rápida que conozco de acabar con un programa que funciona y que no puedes tocar.

De ahí viene mi conclusión práctica: la IA es una herramienta más, no un sustituto. La diferencia entre las dos cosas no está en la potencia de la herramienta, sino en quién responde por el resultado. Mientras respondo yo, me toca entender lo que firmo.

Sobre el debate de la IA contra los humanos

Y llego a la parte en la que seguramente no esté de acuerdo con mucha gente de mi entorno. Creo que se está exagerando.

No digo que no haya nada de lo que preocuparse. Digo que el marco está mal planteado. No hay un bando de las máquinas enfrentado a un bando de las personas: hay personas usando máquinas, con mejor o peor criterio y con intereses distintos. La IA es una herramienta, y como cualquier herramienta potente, en manos equivocadas y sin control suficiente sobre lo que se le deja hacer, puede llegar a ser un problema. Ese sí me parece un riesgo real y concreto: no que la herramienta sea capaz, sino lo que se decide dejarle hacer sin nadie mirando.

En el fondo, el problema es siempre el humano. Quien decide qué se automatiza, quien decide a quién deja de pagar, quien decide publicar sin revisar. La herramienta no tiene voluntad ni agenda. Las tenemos nosotros, y eso es bastante más incómodo que echarle la culpa a un programa.

Reconozco que esta postura es cómoda para alguien que usa la IA todos los días, y no voy a fingir que soy un observador neutral. Tampoco sé cómo se leerá esto dentro de diez años. Puede que entonces me parezca que fui ingenuo. De momento, lo que veo delante es un apoyo técnico notable, un debate que se calienta más de lo que se piensa y la misma pregunta de siempre sobre quién decide.

Conclusión

Así que la respuesta a la pregunta del título cabe en la misma frase del principio: yo pongo el contenido original y la IA se ocupa del trabajo pesado. Me ayuda a corregir, a maquetar y a preparar para imprenta, me acompaña cuando programo y, en la música, convierte en sonido letras que escribo yo. No escribe mis historias, no toma las decisiones finales y no firma nada.

Lo que me preocupa de este debate no es que las herramientas sean cada vez mejores. Es la tentación de usarlas para no decidir. Delegar la parte mecánica me parece sensato; delegar el criterio es renunciar a lo único que hace que una obra sea de alguien.


Imaginaria Estudio sigue creciendo desde esa idea: usar todas las herramientas disponibles, incluidas las que dan miedo, sin soltar nunca las decisiones que dan sentido a lo que se crea.

Si te interesa el lado literario de este ecosistema, en La Vida en Letras escribo sobre autores y libros, y en Mucha Música está la parte práctica de la producción y el home studio.

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